Enfermedad de Alzheimer en personas con síndrome de Down: riesgo, momento de aparición y cribado
Las personas con síndrome de Down tienen un riesgo de por vida del 90% al 95% de desarrollar enfermedad de Alzheimer. La acumulación de amiloide es casi inevitable hacia los 40 años, por lo que se recomienda una evaluación basal a esa edad y un seguimiento anual.
Las personas con síndrome de Down tienen un riesgo casi inevitable de desarrollar enfermedad de Alzheimer, con estimaciones de riesgo a lo largo de la vida de 90% a 95%. Las personas con síndrome de Down tienen una copia adicional del cromosoma 21, donde se localiza el gen de la proteína precursora del amiloide, lo que conduce a la sobreproducción y acumulación de proteína amiloide en el cerebro, un proceso patológico fundamental en la enfermedad de Alzheimer.
Hacia los 35 años y, sin duda, a los 40, la acumulación de amiloide es casi inevitable. Los síntomas suelen comenzar 5 a 10 años más tarde, o quizá algo después, con inicio de los síntomas entre mediados de los 40 y mediados de los 50 años.
Existe cierta previsibilidad, al menos desde el punto de vista biológico, en la progresión del depósito de amiloide. Sin embargo, al igual que en la enfermedad de Alzheimer esporádica, hay algunas personas que presentan amiloide pero que parecen resilientes, al menos resilientes frente al desarrollo de algunos de los síntomas o del deterioro observado clínicamente. Existe cierta heterogeneidad en la progresión de los síntomas, aunque desde el punto de vista biológico es una enfermedad muy predecible.
La enfermedad de Alzheimer puede estar infrarreconocida en esta población por varias razones. Antes, los pacientes con síndrome de Down no solían tener la longevidad que tienen ahora, pero en la actualidad es mucho más probable que una persona con síndrome de Down que tenga controlados sus otros problemas médicos llegue a los 60 años. Cuando las personas ya presentan discapacidad intelectual del desarrollo de distintos grados, el deterioro cognitivo o funcional a veces pasa desapercibido, y puede que no se considere un proceso secundario que podría estar ocurriendo.
Existen algunas directrices generales para el cribado y el seguimiento. Probablemente, al menos hacia los 40 años, la persona debería someterse a una evaluación basal de su capacidad funcional y quizá también de su capacidad cognitiva, seguida posteriormente de algún tipo de examen anual. Si se produce un cambio, esto debería dar lugar a una evaluación adicional del deterioro cognitivo, incluida la búsqueda de otras comorbilidades que puedan causar el problema, y las diversas herramientas disponibles para el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer también pueden aplicarse a esta población.